A mi primo, el de Jamilena, no le gustan los ajos. No obstante fue él quien me informó, con cierto pesar y enfado, que hace unos días en su localidad habían robado de una nave industrial más de doscientos cincuenta kilos de ajos, los repartieron en pequeñas bolsas de plástico y las vendieron a un euro cada una. El caco era vecino de Andújar y un tanto confiado en que sus artes de mangante eran excelentes. Esto último lo digo porque el discípulo de Monipodio y autor del hurto, a los tres o cuatro días cayó en las manos de la Guardia Civil. Me imagino que los de verde, cual buenos sabuesos, solo tuvieron que seguir el rastro del «aroma» que tantísimas cabezas de ajo iban esparciendo a su alrededor. A mi primo, el de Jamilena, no le gustan los ajos y yo le llamo «Draculín» precisamente por su aversión a los bulbos de esa liliácea, pero como es un tanto lento de reflejos, no capta la ironía y siempre me pregunta que por qué puñetas lo tomo por un vampiro; en fin, ¡qué le voy a hacer! El ca...
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