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Mostrando las entradas etiquetadas como microrrelato

SECRETO DESCUBIERTO

  Aquella sería la última vez que entraba en esa casa, pero él todavía no lo sabía. Creía que ella estaría esperándolo, como tantas otras veces. Luz tenue. Los violines de Mantovani invitando a la intimidad. Dos daiquiris recién combinados, uno de ellos –el suyo–, con menos limón. Abrió con la llave que ella le dio la tercera o cuarta vez que se veían en su casa. «Toma, para que la vecina no oiga el timbre cuando vengas», le dijo. Al principio le sorprendió no oír la música, pero no le dio importancia. Luego le pareció que la penumbra era más espesa de lo habitual. «Hola, ¿estás ahí?», dijo apenas alzando la voz. Al momento se encendió la lámpara que había detrás del sillón. Un fogonazo cegador. Se aviseró con la mano los ojos y creyó ver la figura de un hombre en el lugar donde debería estar ella, esperándolo sentada y con las piernas entreabiertas, lujuriosas, insinuantes. «Mi marido estará tres días en Marsella, ven esta noche», le había dicho por la mañana al pasar, como ca...

Una mañana caprichosa

  Elegí ese café porque los veladores de la terraza eran «a la antigua», con superficie redonda de mármol blanco y pie de hierro pintado de negro. La mañana era aún fresca. Domingo y sin tráfico. Silencio, dentro de lo que cabe. Enfrente, los álamos del parque. Algún gorrión en el suelo, picoteando migajitas de pan caídas. El mármol del velador era la página en blanco de la   despreocupación. Pedí un café cortado. Saqué del bolso los Articuentos , de Millás, prometiéndome una sosegada lectura. Sin saber de dónde ni como (tan enfrascado estaba en la lectura), salido de la nada, apareció un hombre sentado ante mí y mirando la mesa. Era calvo, regordete, de cara sonrosada. Llevaba chaqueta arrugada de lino, de un color amarillo grisáceo. El rostro y la frente empapados de sudor repulsivo. –Oiga, hay muchas mesas libres, puede sentarse en cualquiera de ellas, ¿por qué se ha sentado en la mía? –Me gusta esta mesa –me dijo mientras se secaba el sudor de la cara con un mugrient...

¿De quién son los olivos?

  Le he cogido la navaja a mi padre, porque sé que no la va a echar de menos. Con hoy lleva tres semanas sin salir al olivar. Aún no se ha recuperado del accidente. He desayunado lo de todos los días, un tazón de leche con Colacao y un canto de pan con aceite. Mis padres creen que me voy al colegio, pero hoy haré rabona. La seño se lo dirá, como otras veces, y entonces mi padre me dará un cogotazo mientras me dice que soy como un olivo, que para que dé fruto hay que zurrarle con la vara. Lo hará delante de la seño , para que vea que me castiga, pero luego cuando estemos a solas me echará su brazo por los hombros y me dará un euro para que me compre una chuchería. Para ir al colegio tengo que atravesar el olivar, que parece no tener fin. Se tarda más de una hora andando. Nuestra casa es como una pequeña isla blanca en el centro de un inmenso mar. Todos nos levantamos al amanecer, desde siempre. Mi madre dice que a esa hora la luz te permite seguir como si aún estuvieras soñando. ...

Un duro aprendizaje

 Recordó, antes de volver a caerse, sus primeros intentos por caminar solo, sin ayuda. Progresaba, sí, pero muy lentamente. Al principio apenas podía sostenerse en pie ni tan siquiera durante un segundo. Ahora, después de unas semanas de prácticas, ya era capaz de dar tres o cuatro pasos seguidos. Hoy se ha caído después de seis, ¡todo un éxito! Además, hoy no quiso llorar, como lo hacía antes. Sin embargo, así tirado por enésima vez en el suelo, echó de menos la seguridad con que se movía tan solo hacía unas semanas, cuando sus padres aún le permitían usar el tacatá, y entonces pensó que lo peor aún estaba por venir. Sería el día en que decidieran quitarle también el chupete.

Diez años en un instante

¡Diez años! … Se dice pronto y sin embargo han pasado diez años. Aquel día, especialmente caluroso, no sabía cómo calmar mi sed. Entré en tu bar por casualidad. Solo busca agua fresca. Te encontré a ti. Y ya no supe calmar mi sed con otra agua distinta a la tuya. Han pasado diez veranos más. Calurosos como aquel primero; frescos como tu agua. Y diez primaveras floridas como tu mirada. Han pasado diez inviernos en el calor de tu risa. Y diez otoños en el remanso de tus caricias. Durante todo ese tiempo, tú has estado ahí sabiendo calmar mi sed. Hoy entro en tu bar, pero ya no estás tú. ¿Quién calmará mi sed?

Una buena historia por escribir (si me decido).

-Me pregunto que para qué escribir más novelas, más cuentos, más historias… ¡en fin!, ¿por qué seguir escribiendo? No hace falta. En las estanterías de mi casa tengo más libros sin leer que leídos, así que, ¿para qué voy a garabatear yo una cuartilla en blanco con otro nuevo relato que, de seguro, irá a parar a los muchos cerros de libros sin leer que hay por ahí dispersos por todo el mundo? Además, todo está dicho. Seguro que alguien ha escrito ya en algún otro lugar o en otro tiempo mi relato. -Llevas razón. ¡Pues no lo escribas! (Silencio) -…Ya. Pero es que mi historia es tan interesante y tan divertida. -Pues entonces, escríbela. (Silencio) -No sé, no sé… Más tarde quizá. Ahora se está tan a gusto aquí, tumbado al sol. -Sí. Igual que ayer.