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Casi un diario, como diría mi vecino el listillo. El día de los Fieles Difuntos y la historia de Victor Noir. Martes 1 de noviembre de 2022

 Ayer, entre las ocho de la tarde y las once de la noche, llamaron a la puerta de mi casa al menos en tres ocasiones. Las tres veces eran grupos de niños y niñas disfrazados, con mayor o menor acierto, de brujas, zombis, esqueletos o pequeños condes Drácula. La última vez no les abrí porque oí la algarabía que traían y no quería interrumpir el hilo de la película de Netflix que estaba viendo. En las dos anteriores veces, nada más abrir la puerta, me espetaron a coro la cansina y equívoca frase de «Truco o trato». Tentado estuve de preguntarles que querían decir con esas tres palabras. Tan influenciados estamos por el cine norteamericano que repetimos, bobaliconamente, en una mala traducción del inglés lo que los niños estadounidenses dicen la noche del 31 de octubre cuando van de casa en casa en busca de caramelos. Ellos dicen «Trick or treat» que se traduce como «susto (trick) o dulce/regalo (treat)». Lo que buscan los niños es que el adulto que abra la puerta elija entre darles un susto o darles un caramelo. Yo les hubiera dado un buen susto abriéndoles la puerta de golpe y saliendo convertido en un muerto viviente que les gritara amenazador y les persiguiera escaleras abajo, pero las dos veces les puse cara sonriente y les di un par de puñados de caramelos de los que guardo para cuando vienen a casa mis nietos.

Estoy seguro de que si a un niño de ocho años le preguntas qué se celebra el 31 de octubre te contesta que Halloween y de ahí no lo sacas. Para él no existe lo que, en español, conocíamos como «víspera de Todos los Santos»,​ también conocida como Noche de Brujas, o Samhain que es como los antiguos celtas nombraban la festividad más importante del período pagano, en la que la noche del 31 de octubre celebraban el final de la temporada de cosechas ​ y era considerada como el «Año Nuevo Celta». Es más, algunos eruditos que han estudiado mucho el asunto, sostienen que Halloween o, por mejor decir, la «víspera de Todos los Santos» puede ser el resultado del sincretismo causado por la cristianización por parte de la Iglesia primitiva del Samhain pagano.​ Posiblemente, ese hipotético niño de ocho años y quizá también sus padres, ignoren que, si después de la víspera de Todos los Santos viene el propio día de Todos los Santos, al día siguiente, el 2 de noviembre, se celebre el día de los Fieles Difuntos.

En mi infancia pues, no había Halloween. Esa noche preparábamos los «Huesos de Santo» y las bandejas con «buñuelos de viento» rellenos de chocolate, de nata o de batata cocida para consumirlos al día siguiente, el día de los Santos, el primero de noviembre. También, las madres más previsoras, habían comprado en la mañana del treinta o del treinta y uno de octubre, un par de ramos de crisantemos blancos o amarillos que se mantenían en un jarrón con agua hasta el día dos de noviembre, el día de Difuntos, que era cuando visitábamos los cementerios en busca de nuestros muertos para limpiarles las lápidas de los excrementos de palomas y renovar el ramo de flores del año pasado, ya mustias o desaparecidas. Después se les rezaba una oración, nos santiguábamos y nos íbamos tan contentos a tomar una caña de cerveza en «el Sanatorio», junto a la Catedral; cerveza bien tirada, con el sobrenadante de espuma del grosor de un dedo, como mandan los cánones. Bueno, bueno, eso lo bebían los mayores. A mí y a mis hermanos nos daban una «Fanta» de limón o de naranja.

Hoy he perdido la costumbre de visitar el cementerio el día dos de noviembre. Sin embargo cuando voy de viaje a ciudades principales, me gusta visitar sus cementerios. Suelen estar bien cuidados, son silenciosos y tienen caminos que invitan a pasear. Además puede ser que te encuentres como inquilinos a personajes célebres que habitan tumbas o panteones lujosos y artísticos.

Recuerdo que, para celebrar que estábamos al comienzo de un nuevo siglo, en el 2001 se me ocurrió que podíamos hacer un viaje a Paris. Además se lo debía a Maricarmen. Hacía dos años que se lo había prometido con motivo de nuestras bodas de plata, pero por uno u otro motivo lo habíamos ido postergando. El caso es que en mayo del 2001, por fin pudimos hacer el viaje. Una mañana visitamos el Cimetière de Montmartre y al salir, el Moulin Rouge que nos pillaba de paso… Por cierto, aquella mañana, en la estación de Metro de Pigalle, me robaron la billetera con todo mi dinero (eran todavía pesetas) y la documentación. Pero esa historia la contaré otro día.

Decía que aquella mañana habíamos visitado el cementerio de Montmartre donde saludamos a Hector Berlioz, bueno yo lo saludé, pero no estoy seguro de que él me oyera. También hicimos unas paradas ante las huesas donde reposan los restos de Edgar Degas, Stendhal y Émile Zola. Me hubiera gustado saludar también a dos personas más: a Manuel Godoy, nuestro príncipe de la Paz y secretario de Estado español, por aquello de ser paisano y a Édith Piaf para oírla cantar, una vez más, La Vie en rose. Cuando pregunté por ellos, me dijeron que esos dos vivían, si se me permite emplear esa palabra, en el más grande de los cementerios de París, en el Cimetière du Père Lachaise. Pero después del episodio del hurto, con el disgusto y el susto, de saludarlos se me fue el gusto.

Sin embargo, al regreso, una vez en mi casa de Jaén me empeñé en hacer una visita virtual a dicho cementerio  y tratar de localizar la tumba del príncipe de la Paz. La encontré. Es discreta, si la comparamos con las de alrededor y, cuando se hizo la fotografía que vi en el ordenador, estaba cubierta con una bandera de España y dos ramilletes de flores con aspecto de ser de plástico, tal vez compradas en el más cercano bazar de chinos. No sé si esos dos objetos siguen hoy ahí. Pero si discreto es el enterramiento de Don Manuel Godoy, más discreto es el de la pobre Édith que, además en la foto que vi por internet, costaba trabajo leer su nombre porque estaba casi oculto por una corona de flores que, estas sí, parecían frescas y naturales. Se nota que la Piaf tiene más simpatizantes vivos que el señor Godoy.

Pero, en la tarea de aquella búsqueda por los espacios virtuales, me topé con un enterramiento ciertamente curioso: el de Victor Noir. Su tumba es una de las más visitadas del cementerio de Père-Lachaise. Victor Noir fue un periodista francés más famoso por su muerte que por sus escritos. Pertenecía a una familia humilde, era hijo de un zapatero judío que se había convertido al catolicismo. Fue aprendiz de periodista para el diario La Marsellaise, en Paris, a finales de los años 60 del siglo XIX. Periódico que editaba el político Paschal Grousset, amigo de Julio Verne y de ideas republicanas. En diciembre de 1869, Grousset lanzó en un discurso una serie de injurias contra Napoleón I. Al día siguiente, el diario afín al régimen L’Avenir de la Corse, publicó una carta del príncipe Pierre Bonaparte, primo del emperador Napoleón III en la que insultaba a Grousset. El tal Pierre era un Bonaparte díscolo, aficionado a las armas desde joven, que luchó en su Italia natal junto a Garibaldi y en Colombia al mando del General Santander contra las tropas españolas. La verdad es que, nada más que por esto último, ya me cae antipático el tío este.

Grousset se tomó estos insultos como un ataque a la libertad prensa, y también como una ofensa personal, y le exigió a Pierre Bonaparte disculpas. Pierre no solo no se disculpó, sino que envió una carta al director del diario de Grousset con estas letras: Después de haber ultrajado a cada uno de los míos, me insultáis con la pluma de uno de vuestros sirvientes. Tiene que llegar mi turno. Solamente tengo una ventaja sobre los otros con mi nombre, y ésta es ser un hombre particular, ser un Bonaparte… Por eso os pregunto si vuestro tintero está asegurado por vuestro pecho… Yo vivo, no en un palacio, sino en el 59 de la calle Auteuil. Os prometo que si os presentáis vos mismo, no os dirán que me marché

Al día siguiente, Grousset, envió a sus empleados Victor Noir y Ulrich de Fonvielle para fijar las condiciones de un duelo con Pierre Bonaparte. Pero el príncipe rechazó el desafío, alegando que no se batiría con ningún plebeyo y que solo aceptaría un duelo contra el director del periódico, el Sr. Rochefort, ya que pertenecía a la nobleza (era Marqués), pero no contra ninguno de sus «sirvientes». Entonces, nuestro personajillo Noir le recriminó su desprecio hacia sus compañeros y su actitud. No pudo Noir extenderse mucho en su reproche, porque enseguida el príncipe Bonaparte, le dio una bofetada, sacó su revólver y, sin titubear, mató a Noir a tiros ante el espanto de su colega. Victor tenía apenas 22 años. Como era de esperar, al Bonaparte no lo condenaron; los jueces «imparciales» dijeron que había actuado en legítima defensa y solo lo instaron a reparar con 25.000 francos a los padres de la víctima. La familia rechazó el dinero, ¡ahí, con un par! Todo esto causó una enorme indignación pública que se sumó a la impopularidad del emperador Napoleón III. Más de 100.000 personas acudieron al funeral de Noir en el cementerio de Neuilly. Hasta Flaubert le escribió una carta a George Sand fechada el mismo día del entierro en la que le decía: ¡No se habla de otra cosa que de la muerte de Noir! El sentimiento general es el Miedo, nada más! ¡En qué tristes costumbres nos hemos enfangado!... Pronto una estampa de Noir en su lecho de muerte empezó a ser vendida como símbolo contra la opresión.


En 1889, tras el establecimiento de la Tercera República Francesa, la tumba de Víctor Noir se trasladó al cementerio del Père-Lachaise, en París en donde le erigieron una estatua de bronce a tamaño natural esculpida por Jules Dalou para decorar su nuevo panteón. La escultura, en estilo realista, simula a Víctor caído al suelo tras recibir aquel disparo traidor, dejando tirado a su derecha el sombrero. Por algún motivo inexplicado, el escultor puso una «protuberancia notable» en lo que es la entrepierna de Víctor. Esto ha sido causa de que se convirtiera en uno de los monumentos más visitados y populares, especialmente por el público femenino, desde finales del siglo XIX. El mito dice que colocando una flor en el sombrero hacia arriba tras besar la estatua en los labios y… rozar su área genital, pueden aumentar la fertilidad, ayudar a llevar una vida sexual feliz, o conseguir un marido en menos de un año. Como resultado de la superstición ciertas partes de la estatua de bronce están bastante desgastadas y brillantes presentando un color dorado distinto al verduzco del resto de la obra.

El caso es que la tumba y la escultura de Víctor Noir acabaron pasando de ser un icono republicano a convertirse en un fetiche para muchas mujeres que visitan la tumba del reportero para frotar su «paquete», atribuyéndole a tal acto poderes fertilizadores. Sin embargo, tomarse al pie de la letra algunos mitos y leyendas puede deparar momentos surrealistas como el fotografiado por un paparazzi sin escrúpulos. Sorprendió a una confiada y desprevenida mujer que quiso ir más allá de la caricia con la mano a la bragueta del periodista asesinado, y decidió refregarse en ropa interior con ella. Al menos, la femme fougueuse vestía de riguroso luto. Miradla ahí, en la foto que os dejo.

Tal vez, a estas alturas, el pobre Víctor esté cansado de tanta masturbación que no le ha deparado en
todos estos años ni un solo orgasmo. Cosas de la vida.

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