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Entradas

¡Aquí mando yo!

       En las últimas semanas hemos discutido más veces de lo habitual. Por fruslerías, como diría mi tía Mercedes. Yo lo achaco a la influencia del viento terral que sopla sin cesar desde hace unos días; además, ayer tuvimos luna llena y eso, lo quieras o no, parece influir en los ánimos de ciertas personas « especialmente sensibles » , como lo somos nosotros.      Sin embargo, ella opina que el haberme quedado sin trabajo está influyendo en nuestro talante. También opina que no hago lo suficiente por buscar nuevo empleo. ¡Vamos como si los empleos cayeran de los árboles! El colmo ha sido lo de esta tarde. Es que acabo de perder, jugando al póker con los amiguetes, los quinientos veinte euros que ella tenía ahorrados y que, justo esta mañana, me había dado para pagar los seis últimos recibos de la luz, ante la amenaza por parte de Endesa de cortarnos el suministro eléctrico.      —¡Me tienes hasta el moño! Dime tú, so desgraciao , de dó...

El Dragon Rapid

  He empezado a leer el libro La guerra civil española en 100 objetos, imágenes y lugares. Es una obra plural, compuesta por once autores, coordinados por Antonio Cazorla Sánchez y Adrian Shubert. Promete ser de lectura amena y, sobre todo, con una visión de la guerra desde un ángulo inédito. Como en la misma introducción los autores dicen “la memoria de los hechos han ido cambiando a medida que el país evolucionaba”. El primer “objeto” que el libro nos presenta es el avión Dragón Rapid que llevó a Franco desde las Islas Canarias a Tetuán. El aparato está en el Museo del Aire de Cuatro Vientos. Todavía se puede leer en su morro el nombre de la compañía propietaria en 1936: Olley Air Service Ltd. El autor de este primer capítulo es el propio coordinador Antonio Cazorla Sánchez y en él nos cuenta numerosos detalles del viaje de Franco en ese avión y de cómo se pergeñó tal viaje. Me ha llamado la atención lo que dice sobre el cartel que aún se exhibe al lado del aparato. Lo co...

¿De quién son los olivos?

  Le he cogido la navaja a mi padre, porque sé que no la va a echar de menos. Con hoy lleva tres semanas sin salir al olivar. Aún no se ha recuperado del accidente. He desayunado lo de todos los días, un tazón de leche con Colacao y un canto de pan con aceite. Mis padres creen que me voy al colegio, pero hoy haré rabona. La seño se lo dirá, como otras veces, y entonces mi padre me dará un cogotazo mientras me dice que soy como un olivo, que para que dé fruto hay que zurrarle con la vara. Lo hará delante de la seño , para que vea que me castiga, pero luego cuando estemos a solas me echará su brazo por los hombros y me dará un euro para que me compre una chuchería. Para ir al colegio tengo que atravesar el olivar, que parece no tener fin. Se tarda más de una hora andando. Nuestra casa es como una pequeña isla blanca en el centro de un inmenso mar. Todos nos levantamos al amanecer, desde siempre. Mi madre dice que a esa hora la luz te permite seguir como si aún estuvieras soñando. ...

Los patios de las Protegidas

 Unas tías de mi padre vivían en «Las Protegidas». Tenían un piso, un pisito, en la planta baja de uno de los bloques que miran al parque de La Victoria; en la calle Baeza sigue estando, pero ya sin las tías Manuela ni Adela, tampoco el tío Emilio, que era bizco. Sin embargo yo los recuerdo muy bien, los veo moverse (la tía Manuela poco), los sigo oyendo hablar y sigo saboreando su guiso de calamares (nunca superado por los que pruebo ahora). Pero mi mejor recuerdo es el de los patios, grandes patios, enormes patios interiores que tienen esos bloques de viviendas protegidas. En ellos he jugado, he rivalizado con otros chiquillos por inventar historias fantásticas, he intercambiado cromos y canicas, he merendado hoyos de pan con aceite y una onza de chocolate, he corrido y me he hecho magulladuras en las rodillas por las caídas sobre un suelo cubierto de gravilla... En esos patios he pasado momentos de mi infancia en los que estaba convencido de que todo el mundo, toda la vida, toda...

Un duro aprendizaje

 Recordó, antes de volver a caerse, sus primeros intentos por caminar solo, sin ayuda. Progresaba, sí, pero muy lentamente. Al principio apenas podía sostenerse en pie ni tan siquiera durante un segundo. Ahora, después de unas semanas de prácticas, ya era capaz de dar tres o cuatro pasos seguidos. Hoy se ha caído después de seis, ¡todo un éxito! Además, hoy no quiso llorar, como lo hacía antes. Sin embargo, así tirado por enésima vez en el suelo, echó de menos la seguridad con que se movía tan solo hacía unas semanas, cuando sus padres aún le permitían usar el tacatá, y entonces pensó que lo peor aún estaba por venir. Sería el día en que decidieran quitarle también el chupete.

Galicursi

  Algunas palabras nacen, viven y mueren en los diccionarios sin pasar por la boca de los hablantes. A veces, en mi peregrinar por la web o por libros que ya huelen a viejo, a rancio, y tengo guardados en los anaqueles altos de mi biblioteca, me encuentro con palabras que no he oído ni leído nunca, lo cual no es demasiado raro en mí. De todas ellas solo me quedo con las que tienen cierta musicalidad, las que suenan bien, o las que me sugieren cosas fantásticas. Pues eso es lo que me pasó el otro día al toparme con la palabra GALICURSI. Lo primero que hice fue irme al diccionario de la RAE. Copio lo que dice de esta palabra: 1. adj. coloq. Dicho de un lenguaje: Caracterizado por el uso de frecuentes galicismos por afectación de elegancia. 2. adj. coloq. Dicho de una persona: Que emplea un lenguaje galicursi. U. t. c. s. Luego intente buscar el origen de la palabra. Los vocablos no siempre surgen en el seno de los hablantes, también pueden ser inventados en la literatura, a...

Fotos fuera del álbum: EL bañador azul.

    Mi padre no sabía nadar. Murió sin aprender a nadar. Cuando se bañaba en la piscina nunca pasaba a la parte honda, donde el agua pudiera cubrirle; se quedaba donde no le llegaba al cuello y, sosteniéndose sobre la pierna izquierda, inclinaba el cuerpo hacia adelante al tiempo que elevaba hacia atrás la pierna derecha, hasta la superficie del agua, y movía los brazos como si nadara a braza. Así, en esa postura de una gran te mayúscula, avanzaba a pequeños saltitos siempre cuidando de no alejarse demasiado del borde de la piscina. Entonces ladeaba la cabeza y con la boca bien cerrada para no tragar agua en un descuido, nos sonreía. Parecía querernos decir: “Mirad, mirad ya he aprendido a nadar.” Luego subía la escalerilla cromada, con cierta torpeza —el accidente de coche le había dejado una discreta cojera y un pie derecho plano, por culpa del calcáneo destrozado—, el bañador de color azul marino empapado en agua y pegado a sus delgados muslos. El fino y blanco pelo aplas...

¿Somos lo que pensamos o somos lo que hacemos?

Hace una semana mandé por Whatsapp a 91 de mis contactos telefónicos una pregunta con el ánimo de que la meditaran (no más de lo que dura un episodio de "Salvame deluxe") y me dieran una escueta respuesta. De los 91 respondieron cincuenta y uno. Los otros cuarenta se acogieron a la opción "no sabe, no contesta". La pregunta era: "¿Somos lo que pensamos o lo que hacemos?". De los cincuenta y uno que respondieron, casi la mitad (24) dijeron que somos lo que hacemos; casi un tercio (18) respondieron que somos lo que pensamos; y el resto (8) dijo que somos ambas cosas, tanto lo que hacemos, como lo que pensamos.  Unos días antes de lanzar la pregunta a mis amistades me la hice a mí mismo y me encontré con la sorpresa de que no era fácil responder a esa cuestión. Estuve meditando un rato y decidí repasar ciertas lecturas que en su día hice y que ya tenía casi olvidadas. Ahora expongo mi personal y nada significativa respuesta a la pregunta y un resumen de aqu...