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Entradas

Se esperaba un invierno especialmente frío, pero…

 Recuerdo que en mi infancia, cuando vivía en la calle Almendros Aguilar, yo pasaba mucho frío durante los inviernos. Vivíamos en una casa antigua. Éramos dos vecinos: Ezequiel y Pura con sus dos hijos en la planta baja, y nosotros en la planta primera. Había un patio compartido. Tenía un pilón del que brotaba un agua cristalina y muy fresca. En invierno, el balcón del dormitorio permanecía cerrado a cal y canto, pero en las noches de verano se dejaba abierto de par en par y yo oía pasar al sereno que venía desde calle abajo golpeado acompasadamente el asfalto con su chuzo. Ese golpeteo me daba cierta seguridad y me hacía dormir plácidamente. En los meses de frío nos calentábamos con braseros de cisco que te obligaban a estar sentado junto a la mesa camilla, cubiertas las piernas con las faldas de la misma. Un año, quizá fuera el del cincuenta y ocho, o tal vez el del cincuenta y siete, mi madre aventuró que ese invierno iba a ser extremadamente frío. Todos, mi padre, mis hermano...

Recortes de prensa y otros escritos encontrados en un baúl.

  Noticia publicada en “Le Figaro”. 14 de Abril de 1915 : «Fuentes bien informadas, nos comunican que en el día de ayer, los piratas del malvado James Garfio asaltaron el interior del Árbol del Ahorcado y capturaron a nuestro admirado Peter. Se sospecha que lo tienen retenido en algún lugar secreto del intrincado Bosque Tiki, donde algunos de sus árboles parlantes ya han sido interrogados por Tinker Bell aunque, de momento, se han mantenido en silencio y no han revelado el lugar del posible escondite. Tanto Wendy como la misma Tinker Bell, solicitan ayuda para cuidar de los siete Niños Perdidos y colaboración en el rescate de Peter.»   Carta hallada en una antigua base aérea militar de Córcega : País de Nunca Jamás, 12 de diciembre de 1917 «Estimado Sr. James Matthew Barrie: Han pasado casi dos años desde que usted me encomendó la misión de colaborar en el rescate de Peter y a todos sus amigos. Hoy le escribo comunicándole que, por fin, hemos culminado con éxito la...

Otra Navidad igual

  “ He comido pavo, he comido pavo y todas las vecinas me tiran del rabo ”. Este irreverente villancico no se canta en los hogares decentes ni lo oímos en la televisión interpretado por empalagosos coros infantiles. Sin embargo, en mis años de adolescencia, al final de la cena de Nochebuena y después de haberse bebido media cosecha de Rioja, el tío Emilio lo cantaba sin tapujos, para sonrojo de la tía Manuela, mientras la chiquillería le acompañábamos con una murga de zambombas, panderetas y carracas. El tío Emilio era de los que decían: “Comer, beber y rascar, todo es empezar” y, ya digo, comía y bebía esa noche sin parar y se rascaba con insistencia la entrepierna mientras bailoteaba torpemente, con riesgo de caer redondo al suelo, al tiempo que repetía sin cesar su tema preferido: “ He comido pavo, he comido pavo y todas las vecinas me tiran del rabo ”. Unas horas antes de esa escena, todos mis hermanos, mis primos, mis primas y vecinitos, pertrechados con nuestros correspon...

Casi un diario, como diría mi vecino el listillo. Un día de perros. Domingo, 11 de diciembre de 2022

Día lluvioso y ventoso. Me ha despertado el silbido del viento que sopla con fuerza por las invisibles grietas de mis cristaleras, o de los cajones persianeros, o de quien sabe dónde. El aire que se cuela en el dormitorio es frío y húmedo. Bendita lluvia, pienso mientras me mantengo aún bien arrebujado con la manta, sin querer sacar los pies fuera  de ella. A mi lado, Maricarmen todavía suelta algún ronquido que otro. Es raro que aún siga dormida; ella es más madrugadora que yo. Vuelvo a bendecir la lluvia que, desde hace unos días, cae casi sin pausa sobre nuestros campos. La sequía se estaba prolongando demasiado tiempo. Los pantanos están casi vacíos y nunca falta alguien que diga que la culpa la tiene el Gobierno. Lluvia y viento, menos mal que es domingo y no hay que salir a trabajar. No lo digo por mí, que ya llevo mucho tiempo disfrutando de la jubilación, sino por aquellos esforzados trabajadores que aún contribuyen con sus cotizaciones a mantener mi pensión. Hoy apetece ...

Uno cuantos dientes de ajo.

A mi primo, el de Jamilena, no le gustan los ajos. No obstante fue él quien me informó, con cierto pesar y enfado, que hace unos días en su localidad habían robado de una nave industrial más de doscientos cincuenta kilos de ajos, los repartieron en pequeñas bolsas de plástico y las vendieron a un euro cada una. El caco era vecino de Andújar y un tanto confiado en que sus artes de mangante eran excelentes. Esto último lo digo porque el discípulo de Monipodio y autor del hurto, a los tres o cuatro días cayó en las manos de la Guardia Civil. Me imagino que los de verde, cual buenos sabuesos, solo tuvieron que seguir el rastro del «aroma» que tantísimas cabezas de ajo iban esparciendo a su alrededor. A mi primo, el de Jamilena, no le gustan los ajos y yo le llamo «Draculín» precisamente por su aversión a los bulbos de esa liliácea, pero como es un tanto lento de reflejos, no capta la ironía y siempre me pregunta que por qué puñetas lo tomo por un vampiro; en fin, ¡qué le voy a hacer! El ca...

Ultimas voluntades

Cuando yo muera y me asignéis un estrecho ataúd, ¿qué se quedará aquí? Quizá mi huella en el cojín del sillón verde. Tal vez esa página del libro, con el pico doblado, donde interrumpí su lectura. Quizá la botella de brandi a medias. Tal vez se quede en mi mesa esa foto tuya en la que me sonríes y nunca quise enterrar en el álbum. Quizá la camisa a la que le perdí un botón cuando jugaba contigo, la de cuadritos azules. No me importa si todas esas cosas las dejáis fuera… Pero lo que no quiero que se quede aquí es el móvil y su cargador. Por favor, metédmelos en algún bolsillo del traje que me pongáis. Allí donde me vais a dejar, la vida es muy aburrida sin YouTube o WhatsApp . Espero que haya cobertura, porque si no…

Una mañana caprichosa

  Elegí ese café porque los veladores de la terraza eran «a la antigua», con superficie redonda de mármol blanco y pie de hierro pintado de negro. La mañana era aún fresca. Domingo y sin tráfico. Silencio, dentro de lo que cabe. Enfrente, los álamos del parque. Algún gorrión en el suelo, picoteando migajitas de pan caídas. El mármol del velador era la página en blanco de la   despreocupación. Pedí un café cortado. Saqué del bolso los Articuentos , de Millás, prometiéndome una sosegada lectura. Sin saber de dónde ni como (tan enfrascado estaba en la lectura), salido de la nada, apareció un hombre sentado ante mí y mirando la mesa. Era calvo, regordete, de cara sonrosada. Llevaba chaqueta arrugada de lino, de un color amarillo grisáceo. El rostro y la frente empapados de sudor repulsivo. –Oiga, hay muchas mesas libres, puede sentarse en cualquiera de ellas, ¿por qué se ha sentado en la mía? –Me gusta esta mesa –me dijo mientras se secaba el sudor de la cara con un mugrient...

Casi un diario, como diría mi vecino el listillo. El día de los Fieles Difuntos y la historia de Victor Noir. Martes 1 de noviembre de 2022

 Ayer, entre las ocho de la tarde y las once de la noche, llamaron a la puerta de mi casa al menos en tres ocasiones. Las tres veces eran grupos de niños y niñas disfrazados, con mayor o menor acierto, de brujas, zombis, esqueletos o pequeños condes Drácula. La última vez no les abrí porque oí la algarabía que traían y no quería interrumpir el hilo de la película de Netflix que estaba viendo. En las dos anteriores veces, nada más abrir la puerta, me espetaron a coro la cansina y equívoca frase de «Truco o trato». Tentado estuve de preguntarles que querían decir con esas tres palabras. Tan influenciados estamos por el cine norteamericano que repetimos, bobaliconamente, en una mala traducción del inglés lo que los niños estadounidenses dicen la noche del 31 de octubre cuando van de casa en casa en busca de caramelos. Ellos dicen « Trick or treat » que se traduce como «susto (trick) o dulce/regalo (treat)». Lo que buscan los niños es que el adulto que abra la puerta elija entre darles...