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¡No me das miedo, Muerte!

Nietzsche, un gran pensador que sin duda hizo más de lo que le correspondía en su reflexión sobre la muerte y el acto de morir, se asombraba al ver cómo la mayoría de las personas no están dispuestas a pensar en la muerte.

Hace poco más de una semana murió la madre de un amigo mío. Fui al tanatorio para acompañarlo unos minutos en su dolor. Por un momento experimenté  la muerte, pero no fue MI muerte, fue la muerte del Otro, no la propia. La muerte mía nunca podré experimentarla.

Sartre, el pensador existencialista, insiste en que una persona nunca experimenta su propia muerte. Desde el punto de vista de la persona, no puede padecerse la muerte. ¿Cómo podría hacerlo, si la muerte supone la completa destrucción de su punto de vista? En un sentido estricto, la muerte solo les sucede a los demás.

Muchas personas se angustian y temen la muerte. Si son “creyentes”, si son adeptos de alguna religión, tal vez se sientan consolados con la esperanza de una vida ulterior, sin sufrimiento, eterna y con un horizonte sin más muertes. Me alegro por ellos y les deseo que estén en lo cierto.

Pero existen otras muchas personas que dudan de tal posibilidad y también los hay que la niegan rotundamente. En este punto me viene a la memoria algo que dice Hamlet, el príncipe de Dinamarca según William Shakespeare. En un momento del drama exclama: “Morir, dormir… ¡tal vez soñar!”. Claro, esas palabras vienen que ni pintiparadas. Es que hay un gran parecido entre un dormido que sueña y la suposición de una supervivencia después de la muerte. ¿No lo veis así? Tal vez si el Hombre hubiera estado desde siempre desprovisto de ensoñaciones, no existiría hoy la creencia en una vida fuera de este terrenal mundo. Pero todo esto son elucubraciones mías. No me hagáis caso.

¿Acaso los no creyentes están condenados a no tener consuelo ante la inevitabilidad de la muerte? No lo creo así; no creo que haya ningún sufrimiento después de la muerte. Vicente Aleixandre comienza uno de sus poemas con estos versos: “Sabemos adónde vamos y de dónde venimos. Entre dos oscuridades, un relámpago”. En este poema la oscuridad es la nada y la nada es la ausencia de todo. En la nada no hay placer ni dolor. Ni siquiera el silencio está en la nada, mucho menos mi voz.

¿Acaso es de temer la nada? No. De hecho ya hemos experimentado (si puedo emplear este concepto aquí) lo que es la nada. Antes de nacer, ¿dónde estaba yo, dónde estabas tú, dónde vosotros? Vicente Aleixandre lo dice también en sus versos, sabemos de dónde venimos. Antes de nacer yo no me preocupaba por no estar aquí, ante este teclado que me permite escribiros estas reflexiones. No me preocupaba ni sufría por no ver un nuevo amanecer. No me preocupaba por no poder besar ni por no ser besado. No me preocupaba no poder pensar. No me importaba que el café se me enfriara ni que otro se comiera mis churros (bueno, de esto último no estoy muy seguro).

Mi padre, el poeta Felipe Molina Verdejo, escribió cuatro sonetos reunido bajo el título “La vida amada, la temida muerte”. Copio el primero de ellos.

En medio del fragor de la batalla, / mi yelmo hundido y rota mi loriga, / miro entrar a la pálida enemiga / por brechas que arruinaron mi muralla.

Blandir escucho cerca la azagaya / que a prontas confesiones nos obliga. / Será preciso que la pluma diga / lo que la lengua entorpecida calla.

Del cálamo saldrá mi único grito, / que otras calamidades no me atrevo / gritarle al que en la lucha me suceda.

Pues sólo de una cosa estoy contrito: / mirar lo mucho que de aquí me llevo, / y ver lo poco que de mí se queda.

En su último terceto veo una razón más para no lamentarme del día que a mí me encuentre la pálida enemiga. Me llevaré mucho más de lo que aquí se queda.

Ya lo sabéis. No temeré volver al lugar del que vengo. Seguiré los consejos de otro poeta al que todos conocéis: “Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, / desnudo como los hijos de la mar”.

Mientras siga aquí, intentaré disfrutar lo más y mejor que pueda el tiempo que dure mi relámpago.

Adios.
 

Comentarios

  1. Entonces, ¿lo de la luz al final del túnel?
    ¿Podría ser una taberna? O mejor un puticlub? Ya veremos

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