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Un diálogo, sin más

 En más de una ocasión me he propuesto escribir un microrrelato solo con un diálogo. Sin acotaciones, sin narrador, sin descripciones. Quería que el lector sintiera ser él mismo un personaje secundario, testigo de lo que los protagonistas hablan, que imagine su aspecto, como visten, dónde están, en que momento ocurren los hechos... en fin, que el lector ponga todo lo que falta y así me ahorro yo el escribirlo.

No sé si lo he conseguido con este engendro que he titulado

UN DIÁLOGO, SIN MÁS.
-Y ese que está en aquel rincón apartado, ¿quién es?
-¿Se refiere usted a aquél con aspecto desaliñado que está sentado en el banco y sostiene la cabeza entre las manos?
-Sí, coño, ¿es que hablo en chino?
-Usted perdone, señor Presidente. Ese es Ramiro. Pasa así todos los días. Sin moverse y con la mirada perdida. Como si no existiera.
-Ah, ya recuerdo… Y, ¿esa piltrafa humana es la que se enfrentó a nosotros?
-Sí, señor Presidente. Dicen que pretendía cambiarlo todo. De cabo a rabo.
-Ya. ¿Y, con qué armas trataba de hacerlo el muy ingenuo?
-Dicen que de joven tenía ideas, señor Presidente.
-Ah, vamos. ¡Se trata de un idealista!
-Efectivamente, señor. Aunque ya no tanto. Se le ve algo abatido.
-Supongo que, en su día, alguien le advirtió y le informó bien de a quién pensaba enfrentarse.
-Por supuesto, así se hizo, señor Presidente. Se le dijo que tuviera cuidado.
-Bien. Entonces prosigamos Ramírez. Tengo prisa. No me haga perder el tiempo.
-Como usted mande, señor Presidente.

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