Ir al contenido principal

Casi un diario, como diría mi vecino el listillo. Domingo 8 de mayo de 2022.

A pesar de ser domingo, he madrugado. He salido a mi terraza a cuidar de mis plantas, de mis flores. Estallido de colores, rosas, amarillos, naranjas, rojos, púrpuras, blancos… Son mis rosales, con su aroma tímido, escondido debajo del penetrante y dulce perfume de las clavellinas, este año de un solo color. Luce el sol ya cálido a estas tempranas horas. Pero sopla un fuerte viento que estropea mis preciosas rosas. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va». Eso dice San Juan en su Evangelio. Este viento mío siempre azota del oeste, a veces es cierzo, otras, céfiro. ¿Serán las mías esas rosas de los vientos que ilustran tanta cartografía? ¿Qué rumbo me están indicando? Lluvia de pétalos, prematuramente desprendidos, aun sin marchitar. Pétalos que brotaron tan solo hace pocos días y hoy rotos están. Me consuelo recordando aquello que dijo Rabindranath Tagore (leerlo era obligado en mis años de Universidad): «Aunque le arranques los pétalos, no quitarás su belleza a la flor».

¡Si yo pudiera parar este viento! A veces es un soplo tan fuerte que también acabará arrancándome de cuajo a mí y, esta vez sí, esta vez ciertamente no sabré de dónde viene ni en dónde me dejara yacer, ya quebrado, como mis pétalos. Pero, callad, que ahora cesa. Cesa por un momento este mistral. Será como un respiro que se toma para descansar y volver con energía renovada. Su pausa la aprovecha el negro mirlo que hace su amarillo escarbe, consigue un pequeño insecto y esparce fuera del macetón el mantillo que ayer había puesto yo. Un gato me vendría bien. Un gato vivo, claro está. Lo digo porque mi vecino ha colocado en su terraza dos figuras hieráticas, supongo que son de resina, que imitan muy bien a sendos búhos amedrentadores y que, durante los primeros cuatro o cinco días, parecían cumplir eficazmente con el propósito que fueron colocados. Los mirlos, tórtolas, gorriones y palomas no se acercaron a su terraza. Se pasaron a la mía. Pero enseguida aprendieron, o dedujeron por su quietud, que esas rapaces, tan bien recreadas, no eran de temer y hoy he visto que uno de esos búhos enfáticos y estáticos ya está pintando con sendas cagadas de paloma. Da risa verlos así, afrentados y tan escatológicamente humillados. Por eso me inclino por un gato que maúlle de verdad.

Ahora que el viento ha parado por un momento, corto una rosa blanca y otra amarilla. Otra más, roja. Las junto en un pequeño ramillete y mientras lo miro me asomo a mi infancia.

«Venid y vamos todos con flores a porfía, 
con flores a María, que Madre nuestra es 
con flores a María, que Madre nuestra es. 
De nuevo aquí nos tienes, purísima doncella, 
más que la luna, bella, postrados a tus pies». 

Eso cantaba yo a coro con treinta o cuarenta niños más. Bueno la verdad es que siempre iba desfasado con el resto de las voces, porque la letra no me la sabía bien y tenía que oírsela primero cantar a mis compañeros de escuela. La canción seguía con una par de estrofas más, pero se me han olvidado.

Mi madre, antes de dejarnos a mi hermano y a mí ante la puerta del colegio, nos daba un ramillete de flores a cada uno, como el que yo acabo de cortar. A veces eran rosas compradas en la floristería Aguilera. A veces flores silvestres que ella misma había recogido en sus paseos por el campo. Nos decía: «Dádselas a Sor Aurelia, que se las ponga a la Virgen» y yo no sabía si había sido mi madre quien decía esas palabras o cualquiera de las tres o cuatro madres que, con sus respectivos hijos, repetían la misma escena a las puertas del colegio. El de María Milagrosa, más conocido por La gota de leche. Hasta que cumplí los nueve años estuve yendo a ese colegio. Era de religiosas. Niños y niñas en clases separadas. También recreos en patios distintos, para evitar la concupiscencia, aunque ninguno de nosotros conocíamos esa palabra y difícilmente podíamos caer en ella. Pero al árbol, desde chico hay que enderezarlo, repetía una y otra vez Sor Aurelia, mientras su toca Cornettese, como enorme mariposa de alas blancas almidonadas, se agitaba a un lado y otro esparciendo los olores a lápiz, a goma de borrar y a polvo de tiza  que descansaban sobre nuestros pupitres de madera.

Entonces no lo sabíamos, pero luego aprendimos que no había nada nuevo bajo el sol. Que lo de «con flores a María» no era algo nuevo que nos hubiera traído la Cruzada del General. Que, ya en tiempos pretéritos, los romanos en mayo celebraban los ludi floreales o florealia. Fiestas florales en honor de Flora Mater, diosa de la vegetación. Por aquel entonces había la costumbre de escoger a una joven como reina de la primavera. Y se hacían justas poéticas. El intento de superar y cristianizar un mundo pagano posiblemente sea la base de dedicar el mes de mayo a María.

Ya no voy con un ramillete de flores, en pantalón corto, con zapatos Gorila (la pelotita verde que venía con ellas, guardada en mi bolsillo), con mi cartera (no conocíamos las mochilas escolares) que lleva los cuadernos de escritura dentro, aquellos que tenían en la cubierta un fabuloso animal estampado y enmarcado con su nombre debajo, y en la contracubierta las tablas de multiplicar y de dividir. Ya no. Pero sigo guardando en la memoria que este que acaba de empezar es el mes de las flores.

Ahora me iré a visitar los recuerdos de aquellas cruces de mayo en Granada y de los patios de Córdoba, que guardo en mi memoria, ¿os venís conmigo?

Comentarios

  1. Yo también me acuerdo de las ofrendas florales a la Virgen en mi cole. Qué montón de niñas nos juntábamos en el patio, cada una con su ramillete. Sí, era una explosión de colores y de fragancias. Mayo es mi mes favorito.

    ResponderEliminar
  2. Muy bien traído lo de con flores a María,se ve que todos hemos tenido esa vivencia.Los zapatos Gorila que recuerdo eran duros y resistentes...Sigue con los recuerdos que los evocas muy bien.Para cuando algo de hoy?

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Los patios de las Protegidas

 Unas tías de mi padre vivían en «Las Protegidas». Tenían un piso, un pisito, en la planta baja de uno de los bloques que miran al parque de La Victoria; en la calle Baeza sigue estando, pero ya sin las tías Manuela ni Adela, tampoco el tío Emilio, que era bizco. Sin embargo yo los recuerdo muy bien, los veo moverse (la tía Manuela poco), los sigo oyendo hablar y sigo saboreando su guiso de calamares (nunca superado por los que pruebo ahora). Pero mi mejor recuerdo es el de los patios, grandes patios, enormes patios interiores que tienen esos bloques de viviendas protegidas. En ellos he jugado, he rivalizado con otros chiquillos por inventar historias fantásticas, he intercambiado cromos y canicas, he merendado hoyos de pan con aceite y una onza de chocolate, he corrido y me he hecho magulladuras en las rodillas por las caídas sobre un suelo cubierto de gravilla... En esos patios he pasado momentos de mi infancia en los que estaba convencido de que todo el mundo, toda la vida, toda...

Un diálogo, sin más

  En más de una ocasión me he propuesto escribir un microrrelato solo con un diálogo. Sin acotaciones, sin narrador, sin descripciones. Quería que el lector sintiera ser él mismo un personaje secundario, testigo de lo que los protagonistas hablan, que imagine su aspecto, como visten, dónde están, en que momento ocurren los hechos... en fin, que el lector ponga todo lo que falta y así me ahorro yo el escribirlo. No sé si lo he conseguido con este engendro que he titulado UN DIÁLOGO, SIN MÁS . -Y ese que está en aquel rincón apartado, ¿quién es? -¿Se refiere usted a aquél con aspecto desaliñado que está sentado en el banco y sostiene la cabeza entre las manos? -Sí, coño, ¿es que hablo en chino? -Usted perdone, señor Presidente. Ese es Ramiro. Pasa así todos los días. Sin moverse y con la mirada perdida. Como si no existiera. -Ah, ya recuerdo… Y, ¿esa piltrafa humana es la que se enfrentó a nosotros? -Sí, señor Presidente. Dicen que pretendía cambiarlo todo. De cabo a rabo. -Ya. ¿Y, c...

Que también se van al cielo / Todos los negritos buenos.

A mi madre le gustaba cantar boleros de Antonio Machín. Los entonaba para ir tirando, ni bien ni mal, pero a mí me gustaba verla así, cantando; creo que en esos momentos, a pesar de mi corta edad, yo percibía y participaba de su alegría. En esos momentos el azul del cielo me parecía más azul. Ahora, con el paso de los años, sé que no todas las madres del mundo cantan mientras tienden la ropa, ni cuando preparan la comida, ni cuando peinan a sus hijos… Ahora sé que yo disfruté de una infancia afortunada, a pesar de los berrinches que pillaba todos los años, cuando comprobaba que los Reyes Magos se habían vuelto a olvidar de mi deseada Orbea. ¿Qué por qué cuento esto? Pues porque el otro día, hablando con unos amigos salió a relucir los insultos racistas a Vinicius Jr. Sí, ese, el delantero del Real Madrid que es negro como todos sabéis. Creo que fue en un partido del Madrid contra el Valencia. Mis amigos comentaban indignados que esos insultos eran muestras de racismo y que el partido...