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Casi un diario, como diría mi vecino el listillo. Miércoles, 4 de mayo de 2022

 

Esta mañana hemos ido al hospital, a Urgencias. Maricarmen tiene el ojo derecho muy enrojecido y el párpado edematoso. Le duele. Desde hace más de siete años ese ojo le viene dando muchos problemas. Todo a raíz de un desafortunado golpe que recibió. Quizá, en otra ocasión, cuente con detalle ese suceso. El caso es que hoy nos ha atendido una oftalmóloga muy amable y competente. Ha conseguido que nos sintiéramos seguros y confiados. Iba acompañada de un médico residente, creo que de segundo año, que ha estado muy atento a todo lo que la oftalmóloga hacía y decía.

En el año mil novecientos setenta y seis, yo era ese médico residente de segundo año. Hacía tan solo unos pocos meses que a España se la llamaba Reino. Aquí, en este punto, los que ya tenéis cierta edad, haced una pausa, dejad de leer y tratad de evocar que hacíais, que pensabais, que sentíais en aquellas fechas, 1975, 1976, 1977... Tratad de recordad cómo era vuestra calle, vuestro dormitorio, la cocina sin placa de inducción, la colección de vinilos que teníais, la vecinita o el vecinito que os quitaba el sueño. Los pantalones acampanados y la mescolanza de faldas que iban desde la maxifalda a la minifalda pasando por todas las longitudes intermedias. Acordaros de Karina, de Brigitte  Bardot o de Françoise Hardy, que a mí me quitaba el sueño, o de Bob Marley y Elton John. Recordad cuanto costaba un kilo de azúcar o un periódico. Preguntaros cómo podíais vivir en aquellos días sin WhatsApp o Facebook. En fin, recordad lo que os dé la gana, ¡qué carajo!

Decía que en aquellos primeros días de la restaurada monarquía española, ¡los aires eran tan nuevos y tan llenos de esperanza!, bueno, también de incertidumbre, pero de esto último no era del todo consciente, aunque seguro que ya por entonces había más de uno esperando el mes de febrero de 1981. Para mí, en 1976, toda mi atención se centraba en mi vida dentro del Hospital Princesa de España, porque en aquella época, los médicos en periodo de formación residíamos, en el pleno sentido de la palabra, en el hospital. Vivíamos en el hospital, mejor dicho, vivíamos el hospital.

La Residencia de médicos internos estaba en un ala de la primera planta del hospital. Se accedía por una pequeña puerta que exhibía una señal de prohibido el paso a toda persona ajena, lo cual no era obstáculo para que, en más de una ocasión nos lleváramos un susto, como pasó una noche al ver deambulando por el interior a un desconocido con cara de despistado, que nos preguntaba dónde estaba la habitación 312 en la que estaba ingresado un vecino que habían operado de un tremendo hidrocele y que en el pueblo le conocían por “el huevón”, apodo que a partir de ese día habría que cambiar. A veces, durante las guardias, teníamos que desplazarnos al colindante Sanatorio de «Los Prados» (ahí lo podéis ver, en la foto que he puesto ilustrando este texto) para atender a algún orate que tenía fiebre o se le había disparado la glucosa. Yo siempre volvía impresionado de esas visitas. A lo mejor lo cuento otro día.

La Residencia de médicos ya no existe. He vuelto a pasar por aquellas dependencias, hoy reconvertidas en zona de descanso de los equipos de guardia. Ha perdido su personalidad. Ya no es una zona acogedora. Ya no está la gran mesa comunal en la que se dejaban los periódicos del día o en la que, a media tarde, las pinches de cocina dejaban una bandeja con magdalenas o galletas. Tampoco está la librería con nuestras novelas preferidas o las cintas de video VHS (yo me cargué la de “Espartaco” y bien que me lo echaron en cara el resto de compañeros durante un buen tiempo. Sobre todo Concha que confesaba abiertamente estar enamorada de Kirk Douglas), o el tablero de ajedrez en el que tantas partidas he perdido frente a mi compañero José Enrique. ¡Tantas cosas que solo viven hoy en el recuerdo! Se jugaba al póquer, ¡vaya que si se jugaba! Yo una noche perdí cien pesetas y ya no volví a jugar nunca más. También jugábamos al dominó, pero sin apuestas. Por un momento he creído escuchar a Antonio golpear la mesa con la ficha del seis doble al tiempo que exclamaba: ¡Por fin lo suelto!, creía que me lo ahorcabais, so cabrones. A la mañana siguiente yo me pegaba a la espalda de D. José María Sillero y Antonio hacía lo mismo, pero con D. Fermín Palma.

Ninguno de los tres está aquí. No leerán estas líneas. Antonio, pese a ser el más joven, fue el primero en irse. Prematuramente. Habíamos iniciado nuestros estudios el mismo año, 1968, en Granada. Ese fue el año en que una revuelta estudiantil en la Universidad de Nanterre (que comenzó en parte porque un grupo de estudiantes no estaba de acuerdo con el autoritarismo académico de la época. El ejemplo puntual estaba en la imposibilidad de circular libremente por los dormitorios. La norma era hombres por un lado y mujeres por el otro. «Como Dios manda», decían los rectores. En otras palabras, segregación sexual). Decía que esa revuelta estudiantil desencadenó la mayor huelga general que se haya vivido en la historia de Francia... Mayo del 68, fecha mítica donde las haya. Antonio y yo no nos separamos desde entonces hasta aquel día en que el hospital se cubrió por una densa y plomiza nube que nos dejó en penumbra por un largo tiempo.

Nostalgia, melancolía… Maricarmen, esta mañana se ha dado cuenta de que era eso lo que se asomaba a mis ojos. Ha dicho: «¡Ea!, vamos a Carrefour a comprar la lista de cosas que tengo aquí.»  Y se acabó la magia. Mañana o pasado seguiremos.


Comentarios

  1. Que bonito , Felipe me as hecho recordar gracias un abrazo 🤗

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  2. .
    Me has hecho recordar mi visita a "Los Prados" para realizar algún informe social y la terrible impresión que me causó era el 75 o 76...por lo demás fueron unos años maravillosos e ilusionantes.

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  3. En aquellos años estaba en la mili, me fui voluntario por conveniencia en el trabajo, y en cuanto acabe el servicio militar nos casamos ,trabajé en uno de los pocos comercios de aquella época que aún quedan, TEXYLANA en la calle rastro. También me gustaba Pin Floid,

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