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Casi un diario, como diría mi vecino el listillo. Lunes, 9 de mayo de 2022.

 Esta mañana he ido a mi dentista de siempre. Hace más de dos años que ha cambiado la imagen de su consulta. Antes se anunciaba al exterior solo con un discreto rótulo en la jamba derecha de la puerta de acceso al edificio. En el figuraba su nombre, precedido por el tratamiento de doctor, y seguido por las palabras, que podrían sonar como intimidatorias, «estomatólogo y endodoncista». En la línea de abajo aparecía el piso y la puerta de la consulta. Pero, como digo, desde hace algo más de dos años se anuncia con una gran placa en la que, con letras azul celeste, se lee «Clínica dental. Endodoncia. Ortodoncia. Implantes». En la segunda línea sigue apareciendo el nombre de mi dentista, y en una tercera línea, pero con letra de menor tamaño, el nombre de su hija que es quién aporta las nuevas tecnologías y será la que algún día, cada vez más cercano, borre de la placa el nombre de su padre y deje solo el suyo aunque, eso sí, a mayor tamaño de letra del que ahora tiene.

Bueno, el caso es que mientras esperaba que me llegara el turno de abrir la boca y sintiera el garfio dental trasteando mis molares (aun, después de tantos años, creo que no he superado el miedo que siento ante esta situación, ¿estará en nuestros genes?), me dispuse a hojear el periódico que había encima de la mesita. Era un periódico de fechas muy atrasadas. Igual que las revistas y periódicos que hay en las salas de espera de cualquier consultorio médico, como todo el mundo sabe.

Con cierto apresuramiento voy mirando los titulares cuando, de pronto, me quedo atrapado en uno de ellos. No doy crédito a mis ojos que ojean: «Un detenido por maltrato animal extremo durante una operación contra la pornografía infantil».

¿Será posible? Por un momento creo que es invención del reportero. Tan acostumbrados nos tienen los medios a las noticias relacionadas con la pornografía infantil, que ya se precisa algo más fuerte para conmovernos y sacarnos de nuestra acomodaticia quietud y este periodista se ha sacado de la manga el mezclar dos temas de actualidad: maltrato animal y pornografía. Sin embargo, cuando leo la noticia completa compruebo que no es una invención o exageración del periodista. Viene a decir que la operación arrancó como otra más contra la pornografía infantil, pero durante las pesquisas los agentes de la Guardia Civil se toparon con unas violentas imágenes de maltrato animal. Al parecer, un vecino de Lugo, además de compartir vídeos sexuales de menores a través de WhatsApp (algún día hablaré sobre él), producía en su domicilio otros vídeos con animales. Copio textualmente lo que he leído: En ellos se puede observar cómo diseccionaba gatos con un machete y, mientras seguían vivo, se masturbaba encima. Como es natural, los agentes que visten de verde han detenido al perturbado y han encontrado pruebas de que también repetía estas prácticas extremas con perros, hurones, hámsteres y pollos.

Para los investigadores, estas imágenes, así lo declaran, son del todo nuevas para ellos. Nunca habían visto nada parecido. Vamos, lo que muchos dicen por ahí, ¡que la realidad supera a la ficción! Inmediatamente dejo los papeles encima de la mesa y, mientras me hago cruces al pensar hasta dónde puede llegar la depravación de algunos, sale la enfermera y me dice que puedo pasar a la consulta. Yo, tratando de postergar el momento de la verdad, cedo mi puesto a una madre que acompaña a su joven hijo que tiene un ostensible flemón izquierdo mientras le digo que lo suyo parece más urgente. Así me quedo rememorando mi propia infancia. De pronto estoy en la calle Almendros Aguilar y llevo pantalón corto. Una parda costra, ya seca, adorna mi rodilla derecha. En el bolsillo del pantalón tres o cuatro canicas van entrechocando cuando corro.

–Mirad, mirad –nos avisa Andrés–. ¡Dos perros pegados por el culo!

–Corred, corred, vamos a separarlos –nos anima Juan.

Y todo el grupo nos lanzamos, provistos de piedras o palos, a la «noble» tarea de separar aquellos dos perros (en realidad perro y perra) que están terminando su cópula sin contar con nuestra inocente crueldad (¡Vaya oxímoron!). Porque en aquellos tiempos había perros callejeros, sin dueño. O con dueño, pero dejados a su libre albedrío, y era frecuente verlos deambular en pequeñas jaurías que, cuando olfateaban a una hembra en celo, la perseguían por las calles hasta que uno de los machos conseguía acoplarse a ella ante la mirada expectante de los otros que esperaban su oportunidad. Con lo que no contaban era con que nosotros, inocentes niños, también los veíamos. El Andrés y el Pedro sabían qué era lo que en realidad estaban haciendo esos pobres chuchos. Otros no teníamos ni idea. Pero si el grupo se lanzaba a perseguirlos, no nos preguntábamos más y nos sumábamos a la orgía persecutoria y, salvajemente, apaleábamos o apedreábamos a los asustados animales que ladraban (a mí me parecía un llanto ese ladrido corto y agudo), retrocedían y no podían separarse aunque quisieran. Después, cuando perdíamos de vista a los indefensos perros, nosotros volvíamos a la plazuela, nos sentábamos en el escalón del colmado de Cristóbal  y nos reíamos a carcajadas rememorando nuestra hazaña. Creo que esas risas no eran equiparables a un orgasmo, pero a lo mejor, en aquellos días, todavía no sabíamos lo que era eso. Así éramos. Y, lo que más me sorprende hoy en día, ocasionalmente algún adulto se sumaba también a nuestros jaleos.

Rememorando, rememorando, se me ocurren otras prácticas crueles con los animales de aquellos días. Mi amigo Pedro presumía de «emborrachar» a un murciélago haciéndole fumar tabaco. Un primo de Alicia, conseguía capturar avispas sin que le picaran (decía que las que tienen los ojos azules no pican), les ataba un hilo al abdomen y por el otro extremo del hilo sujetaba una minúscula bolita de papel. Las dejaba que se elevaran intentando escapar. Juntaba a tres o cuatro y decía que eran sus globos aerostáticos. Y esto lo vi yo un día que tuve acceso al patio de su casa, que tenía un fresco pilón con sus esquinas cubiertas de verde musgo y siempre lleno de agua. Yo mismo hacía pequeñas jaulas con las tapas de corcho de las antiguas cajas de «agua de Litines», de la que mi abuelo era un adicto, y con alfileres, que le robaba a mi madre de su costurero, construía los barrotes de la jaula. Luego cazaba a un grillo y lo encerraba en esa improvisada celda para oírlo cantar por la noche. También recuerdo que «coleccionaba» y encerraba en botes de cristal mariquitas, hormigas y los siempre atractivos «bichos bola» (desconozco su nombre científico), esos insectos con muchas patas, que van recubiertos de una coraza y que si los tocas se hacen una bola. Estos eran los que más me gustaban. Ahora, ya de adulto, he aprendido que estos «bichos bola» son muy beneficiosos porque eliminan metales pesados del suelo, lo cual no deja de asombrarme porque ¿cómo puede un animalito tan liviano cargar con un pesado metal? Ja, ja, ja.

De vez en cuando caía en nuestras manos un guacharro de gorrión, lo alimentábamos con miga de pan mojada en agua, lo cual puede parecer loable, pero lo cruel viene después. Cuando ya estaba a punto de alcanzar la capacidad de volar, le arrancábamos dos plumas de una de las alas y así lo podíamos mantener en el suelo, a nuestro alcance, hasta que nos diera la gana. Recuerdo que una de esas veces, el gorrión se acostumbró a seguirnos a mí y a mis hermanos y una mañana que salíamos al patio, el gorrión nos siguió. Esa fue su perdición, porque el gato de la vecina, que estaba al acecho subido en lo alto de una viga, se lanzó raudo y veloz sobre el pobre pájaro y vimos cómo se lo llevaba en sus fauces para devorarlo tranquilamente lejos de nuestro alcance. Cruda lección de «vida natural» la de esa mañana.

Recuerdo a mis compañeros de Instituto, Ortega y Ordoñez, que compartían el pupitre situado justo detrás de mí. En clase de geografía se entretenían cogiendo una mosca, le arrancaban las alas y la «toreaban» con un trozo de papel que cortaban de su cuaderno. Después de unos cuantos pases de muleta, la estoqueaban con un alfiler que guardaban para tal uso. Un día se me escapó un «¡Ooolé!»  en uno de sus pases de muleta y Don José, como buen miope que era, me expulsó a mí de clase porque creía que me estaba burlando de él por culpa de un traspié que dio al bajarse de la tarima y no ver el escalón que la separaba de la primera fila de pupitres.

En fin, la lista de tropelías que éramos capaces de cometer no se acaba aquí pero, la enfermera de mi dentista me está llamando de nuevo. Intento retrasar el momento de tumbarme en el sillón articulado de color verde azulado que me está aguardando pero ahora no se me ocurre que excusa poner. ¡Qué se le va a hacer!

Comentarios

  1. Todos hemos sido crueles con los animales cuando éramos chavales, afortunadamente con el paso de los años hemos adquirido sensibilidad con los animales,también es cierto que hay personas que son crueles aún siendo mayores y sobretodo pederastas que para mí es la crueldad máxima

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  2. Te entiendo,que pase otro antes de sentarte en el sillón maldito del dentista
    Hay que reconocer como han cambiado los juegos de los chiquillos pero el resultado no ha sido malo no?

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